HABITACIÓN 505

Julia se despierta en un cuarto de un hotel:
apenas una línea de luz en la persiana, duerme boca boca abajo, el pelo le cubre media cara, abre un ojo, teme levantarse, sabe que le espera el vacío. Aún hay olor a sudor en sus sábanas y tiene la boca seca; siente el alcohol entre los dientes. Otra noche más de volver al hotel acompañada, o sola, sin saber qué busca en la calle, en los cuerpos, en las copas. Sólo sabe que busca porque la desazón la corroe, la inquietud sin respuesta como la carcoma cada día. Escarba y encuentra, pero no lo que quiere: sólo cuerpo, conversaciones banales, gente tan desesperada como  ella. Julia añora un tiempo que no sabe si tuvo. Por  eso coge el paquete de tabaco con las manos como garras, enciende un cigarrillo nada más posar los pies en la alfombra mullida,  y se mira los muslos antes de volver la vista al cuarto vacío. Recuerda  el olor a perfume en las sábanas. Ya olvidó el nombre de la mujer que estuvo en su cama, o fue un hombre, no recuerda, quizás fueron los dos, ¡vaya pasada! Julia sonríe  por no llorar mientras aspira con rabia, como fuma desde hace tiempo;  fuma y bebe y folla, y no hace otra cosa desde que acaba la semana en el bar y baja a la ciudad, y luego vuelve.  
Mira al móvil apagado en la mesilla , ningún testigo de su noche, no le debe a nada nadie,  sólo ella y sus consecuencias; por eso apaga con fruición el primer tabaco y se va a la ducha mientras piensa en que tiene que pasar por casa de su madre, comer, recoger ropa, dejarle dinero, y volver de nuevo al pueblo donde la espera su novia, o su amiga o lo que sea,  que vive con ella,  que no sabe nada ni lo sabrá, porque la vida es así y ella ya se cansó de fingir que puede ser alguien normal.  Es mi sino, me gustan demasiado las mujeres, le dirá a su amiga a modo de excusa. Pero no es eso, pero tampoco sabe lo que es lo que la lleva a hacer lo mismo cada semana. No piensa en ella nunca cuando lo hace, sólo lo hace, no sabe si la quiere, le gusta que esté allí cuando llega cansada después de horas de borrachos, de conversaciones insulsas, de pies como agujas, de horas que pasan sin esperanzas. No la quiere, pero tampoco desea perderla, es bueno abrazarse en la cama, sentirse querida, sin explicarse nunca del todo cómo la sigue aguantando. Sabe que es cuestión de tiempo que se entere de lo que todo el mundo sabe: que no va a cambiar, que no dejará de atravesar la noche como una loba desierta, que acabará en aquel hotel, o en otro junto a la playa, como ahora, sin recordar el nombre de la última, o el último… ¡Qué más da! Con el que quiso acompañar su soledad y acallar las voces en su cabeza.
Fuma otro cigarrillo. Aún mojada se pasea por el cuarto, pensando si encender el teléfono o tener unos minutos más de libertad, de estar sola con su culpa y su desahogo, con su rabia y su despecho. Como aquella vez, recuerda siempre, justo el día después, como después de que él la obligara en el cuarto de sus padres, cuando aún no sabía qué era lo que los hombres querían, y le dio dinero y helado para que no hablara con los padres, y calló para siempre, más por rabia que por pena;  calló porque se le habían acabado todas las palabras, se le había incendiado la boca, se le habían caído todos los pilares y todas los columnas. Se  había abierto un agujero en la ciudad  desierta, y su madre era un títere y su padre un espantapájaros en medio de un campo de trigo.   Por eso salía a la ciudad, desde que podía, su día libre, a las calles, al trafico, al calor del alcohol y de los solitarios en la noche. Y el hotel, que fuera planta baja porque odiaba las
altura, el vértigo, la punción siempre del abismo y de ver como una premonición su cuerpo cayendo, descendiendo como un pájaro herido. Aparta ese pensamiento como siempre que le acecha. Se viste despacio, enciende el tercer cigarro de la mañana, o del medio día ya, y sale del hotel donde estaba a salvo, donde ella imponía las normas. Intenta en vano recordar con quien vino. Enciende el móvil,  prepara las excusas, responde a su madre, a los proveedores, llama a su novia que piensa que está con su madre. Se siente mal, sucia, incorregible, como siempre que vuelve del hotel, como siempre que paga las copas a una desconocida, y la cena, y deciden subir a la habitación, y se sumerge en su cuerpo, y se deja ir aunque sepa que no es eso, pero ya es tarde cuando lo piensa. Y se ducha, se viste y abandona la habitación de hotel en penumbras, como aquella vez en el cuarto de sus padres después de que su hermano la hubiese dejado, manchada de esperma, con el billete en la mano,  con la amenaza velada, con la mancha en las bragas, con la terrible incertidumbre de que aquello era eso, lo que todos buscan, lo que ella busca y no encuentra, en todas las habitaciones oscuras, en todos los cuartos de hotel cada semana 

4 pensamientos sobre “HABITACIÓN 505”

  1. Hola Ico, me alegra tu reaparición por la red. Menuda tristeza la del amarre a la carne iniciado tempranamente durante la infancia. Lo que se rompe en esa etapa de la vida tiene muy complicada resolución. Claro que no solo hay hermanos que violan, sino madres que castran. Como nos haya tocado en la rifa un ALTO PORCENTAJE de genética brutal, necia, o defectuosa en cualquier sentido, no hay cultura que la soslaye.

  2. Gracias, emejota. De nuevo por estos lugares, creo que no es sólo cuestión de genética sino de educar. la educación en igualdad es o debería ser una labor de todos. En este país se le ha dado muy poca importancia a la educación sexual, todo lo contrario y así andan descabezados y sin norte con todo lo que estamos viendo últimamente.

  3. Qué fluidez, qué descripción precisa y a la vez vertiginosa. Te matizo el comentario que le haces a MJ. No es que en este país se haya dado poca importancia a la enseñanza sexual, es que no ha existido. Ignoro qué se cuenta ahora en los colegios, pero en mis tiempos el tema era tabú. Este ha sido un país de tabús y ya sabes quién ha tenido el patrimonio de su ejercicio.

    Sigue escribiendo con desparpajo y a la vez hondura.

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