Dialogo de las amantes

Ella lee detrás de la pantalla un cuento para su amada. Mientras, la mujer manos pata, escucha el suave sonido de su voz melodiosa, siente que mirarla le duele, como una laceración de bisturí, con un fragor de alas agitando el ansia. De pronto, desea con la urgencia de los ahogados una señal, una caricia, una mirada que la salve. Pero la fría pantalla impide cualquier contacto. Su voz, su rostro, verla y no poder tocarla, la sume en una tristeza inabarcable que ahoga todos los otros actos reales y cotidianos. Nada es superior a esta inmensa distancia que se cierne ahora sobre su corazón rebosante. Necesita oír una caricia impaciente, necesita sentir susurrantes palabras de amor como el arrullo cálido de una bestia en la fría noche. Pero la amante no escucha el pensamiento de la mujer manos pata pues está sumida en el relato. -dime que me quieres, le pide de nuevo suplicante. Los ojos de la amante la mira, comprende su desesperar y le explica que sólo quería decírselo con otras palabras; porque las palabras ya se han vuelto pobres, gastadas, inservibles para expresar un sentimiento que se desborda, que la invade, que la estremece. -Dímelo.- Le pide de nuevo. Entonces hablan en silencio, se dicen tequieros sin palabras, se abrazan con los ojos sin tocarse y se prometen, entre arrumacos y esperas, inventar un nuevo lenguaje que las contenga.
Fotografia de Anne leivobitz

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